jueves, 5 de noviembre de 2020

TELMO ROMERO. CHARLATÁN HONORARIO

Existen muchos criterios para tratar de de conferir importancia a un autor o a una obra, me refiero a criterios que muchas veces están más allá o más acá del texto o que son algunas veces ajenos al mismo. La edición de las obras completas, el hacerse acreedor de un premio, la abundante bibliografía directa o indirecta, haber sido fundador de un género. Harold Bloom quería que la manera de determinar dicha importancia viniera dada por la influencia que genera. Por supuesto, para medir dicha influencia se tiene que usar un sistema de su invención. Además del solaz que encuentre en la obra, yo tengo un criterio adicional para saber cuán importante es un libro: el hecho de ser prohibido, quemado o destruido públicamente. Hay períodos particularmente dados a estas prácticas, incluso a las tres juntas, razón por la cual han existido inclusive instituciones y funcionarios encargados de tal misión. Asimismo, la historia conoce de grandes quemas colectivas, donde muchos autores acaso irreconciliables se reúnen calurosamente. De allí que yo considere a Telmo Romero como el escritor más importante de la historia de la literatura venezolana, puesto que es, hasta donde tengo noticia, es uno de los pocos casos de un libro quemado públicamente en nuestro territorio . Y es una circunstancia doblemente particular, puesto que la quema no fue ordenada por un gobernante o por un Estado, por lo general los principales autores de estas prácticas; El bien general, según cuenta la leyenda, fue incinerado por un grupo de personas que no ostentaban cargo público. La nota que Caballero dedica a Telmo Romero en el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar dice, sintéticamente, que nuestro incinerado nació probablemente en San Antonio, estado Táchira, hacia 1846. No tuvo otro oficio conocido, excepto el de brujo yerbatero; se convierte en “un personaje nacional reconocido” cuando salva de “una grave y al parecer incurable enfermedad” al hijo del para entonces presidente Crespo. El bien general se convierte en un best seller y el autor se hace cargo de la dirección del Hospital de Lázaros de Caracas y del Manicomio Nacional de Los Teques. Romero recibe un dudoso doctorado en medicina en Estados Unidos. Hasta aquí todo va bien y en sentido ascendente. Pero, dice Caballero: Llega a correr el rumor de que Telmo Romero va a ser nombrado rector de la Universidad Central de Venezuela; los estudiantes, para contrariar a Crespo y a través de él, a Guzmán Blanco, organizan entonces un auto de fe y echan a las llamas los ejemplares de El bien general, al pie de la estatua de José María Vargas en el patio de la Universidad. La gloria de Telmo Romero termina con la presidencia de Crespo, en 1886. Despojado de sus cargos, muere de tuberculosis al año siguiente. Dicen que en política, mejor que tener amigos importantes, es tener personas importantes que se consideren nuestros enemigos; lo cual nos da a nosotros cierto prestigio. Hacerse odiar por el público es una buena forma de llegar a la fama. En literatura, mejor que ser leído, admirado, mejor aún que haber logrado unas buenas páginas, es ser detestado hasta el punto de que públicamente seamos quemados. Se atribuye comúnmente a Dalí aquella frase según la cual el momento más glorioso en la vida de un pintor no es cuando le compran un cuadro sino cuando roban una obra suya. Se me ha ocurrido pensar que un escritor es importante cuando uno de sus textos es censurado o quemado. Hasta donde sé, el de Romero es uno de los pocos casos de quema pública de un libro en Venezuela, lo cual lo hace un escritor cuya obra merece una mayor atención. (Tomado del libro "Compás mayor de la literatura Venezolana", de Rafael Victorino Muñoz, publicado por Ed. El perro y la Rana, Caracas, 2012.)

sábado, 28 de abril de 2018

De cómo fue que se murió el cadáver

En Venezuela ha habido, sucesivamente, cuatro reformas educativas con respecto a la enseñanza de la lengua y la literatura, desde que yo nací, entré en uso de razón, pasé por la escuela y luego por la universidad, donde estudié una carrera que tiene que ver precisamente con este asunto. De estas reformas no me voy a referir a la última, por ser muy reciente aún para comprender sus alcances. Las otras fueron, en orden cronológico: el Programa de Diversificado fundamentado en el Decreto 1.052, promulgado en 1972; el Normativo de Educación Básica (de 1987, fundamentado en la Ley Orgánica de Educación de 1980) y el Currículum Básico Nacional (CBN) de 1996.
Estas reformas fueron parciales, hechas a medias y no concluidas en su momento, ni en ningún otro. Explico: cuando se decreta el Currículum Básico Nacional de 1996, se establecen claros objetivos para la primera y segunda etapas (hasta sexto grado), dejando como tarea pendiente (que nunca llegó a concretarse) la tercera etapa; de igual modo, el Normativo de Educación Básico dejó como tarea pendiente el Diversificado. De modo que, cuanto más se avanzaba en el nivel educativo, más viejo era el currículum correspondiente, más desactualizado o menos vigente. De igual manera, se puede decir que estudiábamos hasta sexto grado con un modelo o idea de lo que se quería, con otro entre séptimo y noveno (o entre primero y tercer años, como lo llamamos en mi tiempo) y con uno completamente distinto en bachillerato.
Para la primera y segunda etapas está todo muy claramente formulado en el CBN: objetivos, competencias, indicadores, contenidos conceptuales, procedimentales, actitudinales. Para tercera etapa, se estaba un paso más atrás, de acuerdo con lo dicho en el párrafo anterior, ya que el programa de Castellano y Literatura de tercera no fue sometido a reforma en 1996, por lo que se siguió utilizando el anterior, es decir, el correspondiente al Normativo de Educación Básica (1987). Pero, en lo que respecta al bachillerato:
...si bien existía un Programa de Castellano y Literatura (primer año, 1972; segundo año, 1973), es de destacar que como no llegó a consolidarse un Normativo de Diversificado (...) este programa de Castellano quedó como en una suerte de limbo y fue bastante desestimado, hasta el punto tal de que se llegó incluso a pensar que no tenía ninguna vigencia.
Por lo general se trabajó con lo planteado por algunos libros de texto, como el de Peña Hurtado y Yépez (1995) y el de Peña Hurtado (1991), que se asumía prefiguraban el programa ausente. Es de destacar que, según Resolución 311 del 11 de junio de 1979 (Gaceta Oficial de la República de Venezuela), se autoriza a ambas obras como libros de texto (Castillo, 2007: 76)1
Así que como segundo hecho curioso constato que, en materia de políticas educativas con respecto a la enseñanza de literatura en diversificado, se delegó en un ente privado la decisión de qué enseñar, cómo enseñar y cuáles serían los autores estudiados. Dicho de otro modo, y aquí llego al centro inefable de mi relato, los celebérrimos libros de Peña Hurtado (originalmente editados en los ´80) se erigieron, por omisión, en el canon de la literatura que se aprende en la escuela. Y lo que es peor aún, ya que muchas personas que pasan por el bachillerato no vuelven a tener jamás contacto con la literatura, la idea que adquirieron y aún conservan de la misma es la de Peña Hurtado, que con todas sus buenas intenciones (si las hubiere), sólo es una más. De tal idea, con respecto al qué y al cómo, es que quiero hablar.
Esto es el para qué se lee o lo que se espera que alguien logre cuando lee, según Peña Hurtado:
  1. Enriquecer su vocabulario a través de un texto literario
  2. utilizar correctamente fuentes de información para aumentar sus conocimientos literarios
  3. mostrar habilidad para aplicar técnicas en la interpretación y análisis de los textos literarios
  4. identificar ideas, temas, formas expresivas, recursos literarios y características de las obras literarias
  5. resumir, elaborar síntesis y redactar conclusiones precisas acerca de temas estudiados
  6. demostrar el progreso de su buen gusto literario al interesarse por las buenas lecturas
  7. relacionar el fenómeno literario con los hechos de carácter histórico, social, económico y político
  8. emitir juicios comparativos en torno a épocas, movimientos literarios, temas y autores diferentes, estudiados en el año escolar
Risas aparte, después de leer el punto 6, cuando se escriba acerca de las diferencias entre la lectura en el mundo real (es decir, lo que hacemos de verdad las personas cuando, en la intimidad de nuestras vidas, decidimos emprender la lectura de un texto) y el sistema de usos escolares, tendrán que dedicarle un capítulo completo a Peña Hurtado. Salvo alguna que otra excepción, los objetivos que nos proponemos al leer alguna novela, difieren tanto de los citados, que no me extraña que las personas comunes no encuentren ninguna utilidad a la lectura de obras literarias en su vida cotidiana.
No digo que no ocurran, de hecho, lo mencionado en los puntos 1, 7 y 8, también son parte de las cosas que pasan cuando leemos. Pero no son el fin en sí. Es algo así como lo que sucede cuando salimos a caminar con la intención de comprar unos zapatos, pero en el camino nos comemos un dulce o nos encontramos con un amigo al que teníamos tiempo sin ver. Ninguna de ésas eran las razones por las que decidimos emprender el camino. Y ninguna de las arriba mencionadas es la razón por la cual decido comenzar a leer un libro, cuando lo escojo de entre los muchos de mi biblioteca o de una librería.
En concordancia con lo anterior, lo que el estudiante debe hacer para lograr los objetivos, difiere también de lo que hacemos cuando leemos en nuestra intimidad. Básicamente, buena parte de las actividades se refiere a lo superestructural del texto: se lee un poema épico pero sólo para reconocer las características del poema épico; se lee un poema neoclásico para saber lo que es el neoclasicismo; no importa el libro que leemos sino el género al que pertenece. Por ejemplo, esto se observa cuando se recomienda hacer un análisis de la poesía de Andrés Bello, a partir precisamente de las características del neoclasicismo hispanoamericano; es decir, el lector requiere de un marco de prescripciones o de apoyos (muletas, diría yo) para entrar en el texto; una serie de intermediarios que hacen que se pierda de vista la verdadera lectura, que no se sabe cuándo y cómo tendrá lugar.
Me recuerda un poco aquello que decía Gabriel Zaid sobre los manuales para aprender a andar en bicicleta:
Siguen detalladas instrucciones para el pie izquierdo y para el derecho. Para "evitar irritaciones (prostatitis)"... Lo que no viene es cómo seguir tan largas instrucciones: si han de aprenderse de memoria, o ser leídas en voz alta por un amigo que lleve el pesadísimo volumen al galope, él a pie y uno en bicicleta, o si de ha de ponerse un atril en la misma para ir leyendo...
Lo que sucede, volviendo al Peña Hurtado, es que tanto la lectura como las actividades sugeridas en el texto van encaminadas al logro del objetivo propuesto, de lo cual se infiere que la obra literaria tiene un papel secundario aquí; lo que prevalece es el objetivo. Si queda alguna duda, él mismo lo dice:
Los textos literarios que los alumnos deben leer... han sido seleccionados de acuerdo a las sugerencias que nos hace el programa y a las facilidades que los mismos nos ofrecen en relación con el logro del objetivo propuesto. Se sugiere que (las lecturas complementarias) sean utilizadas para reforzar la conducta que se persigue en el objetivo si este aún no ha sido logrado a cabalidad...
Por otra parte, Peña Hurtado, como ya dijimos, estipula la selección de los textos que debe leer el estudiante, tiene su canon. El Programa de Castellano y Literatura de Ciclo Diversificado (1972), con el cual quiere estar de acuerdo el autor, explica que para seleccionar las obras "se utiliza la técnica de muestreo de corrientes muy representativas. Metodológicamente no podrá aspirarse a ir más allá de muestras de muestras". Entonces, tiene un canon basado en otro preexistente, pero reducido a una escala menor; un micro canon.
Hay muchas cosas abominables en la utilización del libro único, y durante mucho tiempo y para muchos docentes y estudiantes, el de Peña Hurtado lo es y lo ha sido. Los que dan clases de literatura se han ahorrado la tarea de averiguar qué había que mandar a leer: para eso está la lista oficial, me refiero de modo particular a los docentes que no leen nada nuevo y que se contentan con repetir año a año la misma planificación y los mismos libros (todos sabemos que existen, así como sus excepciones).
Yo no critico las obras que están allí, ya que algunas son buenas, las he leído y disfrutado, y hasta conocí obras y autores de los cuales no sabía en ese momento, como Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. No las critico ni voy a salir a decir que en lugar de ésas deberían ser aquella o la otra, ya que estaría cayendo en el mismo error de instaurarme en faro del mundo en cuanto a la literatura venezolana o latinoamericana se refiere. Lo que critico es el no ir más allá de ese limitado conjunto de obras y de esos fines; ir más allá, en este caso, significa leer para otra cosa que no sea cumplir un objetivo escolar.
Claro, podríamos disculpar a Peña Hurtado diciendo que no es suya la responsabilidad de lo que haga o deje de hacer el docente en la escuela. Pero, es él quien dice, casi decreta, que esto es lo que debe leerse: "esto es lo sugerido, esto va de acuerdo con el programa (lo otro no)". Por si alguien quiere dudar de su palabra, en el anverso de la portada interna se ha reproducido el texto de una Gaceta Oficial, de fecha 7 de mayo de 1980, según la cual:
Por disposición del ciudadano Presidente de la República, visto el dictamen de los organismos técnicos del Despacho de conformidad con lo dispuesto en el artículo 63 del Reglamento General de la Ley de Educación... se autoriza la obra titulada "Lengua y Literatura" cuyo autor es Raúl Peña H., como Libro de Texto para alumnos del 2° año del Ciclo Diversificado.

Claro, hay otros libros que no son los Peña Hurtado, pero más o menos siguen el mismo esquema, en cuanto a objetivos, contenidos, autores. Son pocos los que han intentado alejarse de esta línea de pensamiento, que ya se me antoja hegemónica, pensamiento único. Y el asunto es que muchos docentes simplemente lo que quieren es hacer bien su trabajo (de acuerdo con la idea que de esto se tiene en el programa); no se atreven a ir más allá del canon, ni enseñan a otros a hacerlo, desvirtuando la esencia y lo verdaderamente valioso de leer una obra literaria. En fin.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Los cuentos siniestros de Kobo Abe (Ed. Eterna Cadencia,2011)

… siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta… Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí
Cortázar

Poco sé de la literatura japonesa, no soy un experto en el tema; sólo he leído a los autores más conocidos, los que conocemos por las traducciones. Me refiero a Mishima, Kawabata, Murakami, entre otros. Por lo tanto, ignoro cuáles sean los temas tradicionalmente japoneses en la literatura, si es que existe tal cosa. Lo cierto es que si no me hubiera enterado, por el nombre en la portada, la nota introductoria u otros detalles- muy pocos en realidad (como un tatami que se menciona en el cuento La casa); ni siquiera los nombres son japoneses (los personajes son llamados con iniciales o con nombres genéricos como el hermano, la esposa, la niña)- no habría creído que estos Cuentos siniestros de Kobo Abe fueron escritos por un nipón.
Y es que en Kobo Abe predomina lo que suponemos debe haber en el interés de alguien que escribe un cuento, y no de alguien que parece estar escribiendo una guía turística de su país (lo que he observado en muchas ocasiones, en otros escritores de muchas partes y que no viene al caso mencionar). Parece que el autor se propuso precisamente eso: no ser leído por los occidentales que esperan encontrar lo exótico del lejano oriente, o de la patria del sol naciente; sino ser leído como lo que aspiramos todos los que escribimos: ser un autor universal.
Entonces, ¿de qué tratan los cuentos de Kobo Abe?, se estarán preguntando los pocos lectores de esta nota. De lo que tratan todos los cuentos: de la soledad, de la muerte. Escritos y/o publicados en las décadas de los ’50 y ’60, en los textos de Abe se describen circunstancias y acontecimientos que pueden ser paranormales o simplemente raros: un hombre que busca empleo es contactado por una misteriosa agencia o sociedad secreta que se dedica a reclutar y entrenar delincuentes y criminales; un pintor casado con una modelo ninfómana tiene un perro (de características no precisamente caninas) que aparentemente habla y a menudo actúa como un ser humano; un hombre es criogenizado y despierta en un futuro donde los hombres han evolucionado hasta tener un aspecto de plantas (o las plantas han evolucionado hasta tener un aspecto de hombres); en un mundo donde la raza humana se ha separado en dos grandes grupos (los que se comen a los otros y los que son comidos por los primeros), un hombre clama para que su hija adolescente no sea devorada.
Hay ciertos tópicos que están presentes en algunos de los grandes cultores del géneros fantástico, que uno presume han constituido cierta influencia para Kobo Abe. Me refiero a tópicos como la locura como explicación de lo extraño, la criogenización. Sin embargo, pienso que Abe ha añadido nuevos elementos y temas a esa larga tradición de circunstancias anómalas, descolocaciones (para usar un término cortazariano), que pueden ser el punto de partida para una narración que linda con lo fantástico. Y cuando digo que linda con lo fantástico es porque a menudo nos encontramos con la gran duda: saber si lo que sucede es algo realmente fuera de este mundo (que se rige por otra lógica, de otra realidad) o si es algo que se puede explicar según las leyes de nuestro universo. Esta ambigüedad, es lo que, según Todorov, marca la diferencia entre lo maravilloso y lo fantástico o lo extraño.
Pero por sobre todo, el asunto está en cómo lo cuenta Kobo Abe (lo que realmente importa, ya que hablamos de literatura): de una manera exasperante, a veces irritante (esto lo digo como un cumplido); no se sabe bien lo que pasa o ha pasado, pero uno sospecha que es algo inusitado. La mayor virtud de Abe sea quizás ésa: los personajes a menudo se ven atrapados en esa circunstancia inusual, extraña e incomprensible para ellos (también para nosotros). El narrador no parece saber más de lo que cuenta; los lectores, perplejos, vivimos ese mismo caos en que está sumido el personaje.
Lo asombroso, lo fantástico bordeando lo extraño, se hacen presentes en estos cuentos de Kobo Abe, narrador de atmósferas enrarecidas, personajes estrambóticos y circunstancias inverosímiles pero posibles. Así que, ya está advertido el lector, si quiere saber algo de Japón, mejor compre un atlas; si quiere leer a un autor que lo deja a uno sumido en el borde de la desesperación, lea a Kobo Abe.

Rafael Victorino Muñoz

@soyvictorinox

sábado, 8 de julio de 2017

EL ROCK NO TIENE LA CULPA DE SU REPUTACIÓN

La pregunta cómo te hiciste lector no tiene una respuesta única, no sólo porque la génesis de este interés puede variar de persona a persona, las circunstancias familiares, sociales y culturales son diversas, sino también porque incluso en una misma persona confluyen diversos acontecimientos (podría llamarlos influencias), a veces en diversos momentos. De esos momentos quiero hablar, a título absolutamente personal (aunque a veces hablo en plural); esto que aquí digo es mi teoría acerca de cómo me convertí en lector. Si alguien que me escucha se viera retratado, sépase qué se hace con ese destino, como diría Silvio.
De esta manera, convertirse en lector no es un hecho, es un proceso, un proceso en el cual hay circunstancias que nos hacen acercarnos y otras veces alejarnos. Esto es muy importante que lo sepan los docentes y promotores de lectura: el acercamiento a la lectura no ocurre de una sola vez, por insight. Así como puede nacer alguna vez, hay que criarlo para que no fallezca apenas nace, estimularlo para que crezca, sostenerlo para que se prolongue en el tiempo. Después, algún día, ya grande, podrá andar solo por el mundo de las librerías y las bibliotecas.
En este caso, el afecto por los libros se parece más al afecto por las personas; incluso, creo que atraviesa por las mismas fases durante las cuales desarrollamos afecto hacia las personas. Estas fases son: descubrimiento, exploración, conocimiento y confirmación (no necesariamente en ese orden). Si no se pasa por los cuatro momentos, el afecto se extingue. A menudo en la escuela sólo asistimos al descubrimiento, a veces a la exploración; los que estudian letras y hacen talleres pueden construir conocimiento acerca del texto; pero esto último no significa necesariamente que confirmen su vocación de lectores, sobre todo si las dos primeras fases no fueron significativas.
Voy a hablar ahora de mi descubrimiento del texto escrito. Mi relación con el texto escrito creo que comenzó cuando, siendo un niño de ocho años, tenía que acompañar al mercado a una tía, que era como el ama de casa en donde yo vivía, con mis abuelos. Como pago, a veces me obsequiaban con una galleta o con una moneda de cinco bolívares. Un día el regalo cambió: era una historieta ilustrada titulada Memín Pingüín, mi tía la compró para regalármela, pero porque de seguro era ella la que quería leerla. No obstante, me gustó. Así, comencé a pasar cada sábado esperando el momento de ir al mercado y de recibir mi historieta como pago.
Como puede verse, en este momento de descubrimiento de la lectura no menciono para nada mi aprendizaje en la escuela. Como muchos de ustedes saben, en ese tiempo la enseñanza de la lectura se limitaba a la enseñanza del código, más bien, a la enseñanza del sistema de correspondencias grafo-fonéticas. Porque otros aspectos del código (como la sintaxis) lo enseñan después y otros prácticamente nunca.
Volviendo a mi historia, entramos a la fase de la exploración, que es más prolongada que el descubrimiento. El descubrimiento es sólo un momento, que en mi caso terminó cuando, con el tiempo llegó a disgustarme el Memín Pingüin, porque se me “acababa” muy rápido: en comparación con el tiempo de espera (una semana) el tiempo que leía (quince minutos) era desproporcionado. Me volví exigente: pedí un texto que no tuviera muchas ilustraciones, o ninguna, porque éstas ocupaban mucho espacio y las letras muy poco.
Así llegué los westerns, que eran los favoritos de mi papá y de un tío abuelo; aunque no vivían conmigo pero a veces me los prestaban: Keith Luger y Silver Kane (mis favoritos), Estefanía, entre otros. (Hoy me parece extraño que no censuraran mis precoces gustos por esta literatura donde cada tres páginas había un muerto.) A ellos los abandoné un poco por Ágata Christie, lectura preferida por la tía antes mencionada.
Después o durante encontré algunos volúmenes en el cuarto del fondo de la casa de mi abuela, una habitación que usaban para depositar los trastos inservibles y que nosotros apodábamos como el cuarto de las ratas; entre esos libros recuerdo los textos de primaria de mis tíos: un Loyola y unas Nociones Elementales y una Geografía Universal, que me gustaban porque eran más grandes, gruesos y porque me parecían cosa de gente mayor.
Creo que leí tres veces de manera consecutiva todos los volúmenes de una enciclopedia de historia que tenía uno de esos tíos, aficionado también a manuales de psicología que yo tampoco dejé pasar; después releí los volúmenes que más me gustaron de la enciclopedia de historia (por ejemplo, el imperio persa), quizá unas cinco veces.
Esto fue una práctica frecuente en mi primera infancia literaria: éramos pobres y no podían comprarme libros. Por eso, cuando me preguntaban qué quería para mi cumpleaños siempre pedía un libro. Normalmente no me hacían caso; tal vez veían con escepticismo que un niño leyera y pidiera libros motu proprio. Por lo general recibía rompecabezas y otros juguetes “educativos”, para “desarrollar” mi inteligencia.
Como no manejaba nombres de autores y de títulos, las pocas veces que accedieron a complacerme en mis peticiones y me preguntaba qué quería exactamente, yo decía “cualquier libro” y dejaba que ellos escogieran. Nunca acertaban, ya que suponían que yo leía cosas de niños: Las nuevas aventuras de Superman, Historias de Walt Disney espantosamente ilustradas (101 dálmatas, Blancanieves, Dumbo, La dama y el vagabundo). Otros regalos, menos pueriles pero igualmente insufribles para mí en esa época, fueron: Pensamientos del libertador, El popol-vuh, una reconstrucción histórico antropológica de las 1.001 noches. (En posteriores lecturas los he disfrutado, los tres.)
Yo también leía los libros del colegio. Los leía en cuanto me los compraban, la primera semana de clase. Después me pasaba todo el año escolar aburrido y abrumando a mis maestras por todo lo que sabía: para mí no era más que un repaso (confieso que siempre he tenido una memoria que hasta a mí me sorprende).
Por otra parte, cuando visitaba con mi abuelo a algún pariente, a veces íbamos a casas donde había bibliotecas. Si me preguntaban qué quería hacer (para que no molestara a los mayores), si quería jugar (aunque casi nunca había otros niños), yo preguntaba por la biblioteca (quizá creía que en todas las casa debía haber una). Recuerdo sobre todo la de mis padrinos. Creo que allí perpetré mi primer hurto: no me acuerdo de cuál fue el texto, sé que después me arrepentí pero no por remordimientos de conciencia, sino porque no me gustó el libro y pensé que pude haber escogido otro y me arriesgué por algo inútil.
A los once años me mudé a casa de mi madre. Trabé amistad con varios niños, entre los cuales recuerdo a Dorian; Dorian tenía lo que yo entonces creía que eran libros de verdad: enciclopedias sobre botánica y zoología, sobre la segunda guerra mundial, sobre armas, barcos, edificios, y el tesoro de la juventud. No tenía mucha literatura en el sentido estricto del término. A mí eso no me importaba: para mí lo fundamental era la información, el conocimiento, no la estética ni el entretenimiento; a pesar de lo cual puedo decir que me distraje mucho con aquellos grandes libracos que se vendían en todos los kioscos a un precio inalcanzable para mí.
Ya había llegado a la lectura, sí, pero no a la literatura, aún. En toda la enumeración que he hecho anteriormente, no podrán encontrar más que un solo libro que forma parte de la historia de la literatura universal. Ya saben cuál es la moraleja de esta parte de mi historia.
Del bachillerato recuerdo el Baratillo del libro, un sótano ubicado en la calle comercio, detrás de la CANTV donde me gastaba la merienda comprando libros. Mi autor favorito, en ese entonces, era Otrova Gomas (Jaime Ballestas). Por supuesto, compraba algunos porque así me resultaba más fácil esconder otros en mi bolso: rara vez un dependiente de tienda se fija en alguien que compra, mas le resulta sospechoso el que entra y sale sin comprar nada. Sólo el que ama los libros es capaz de robarlos; robar un libro es como robarse un beso.
No quiero hacer creer que yo era un niño anormal, que se la pasaba leyendo; antes al contrario, siempre he sido un buen jugador de básquet, hasta la universidad incluso. Me escapaba del liceo para ir al cerro o al río. Pedía dinero en las calles, para ir a centros de videojuego (a los cuales aún soy adicto). Mis únicas diferencias con el resto de los compañeros, aparte del gusto por la lectura, consistían en: mi desdén por las peleas a puñetazos; mis extraordinarias notas (nunca me aplazaron en nada y siempre fui el de mejor promedio, hasta el postgrado); era el único alumno que le ganaba jugando ajedrez al profesor de dibujo técnico.
Paralelamente, en esa época había comenzado a escuchar rock. Lo cual también terminó de orientarme y promovió, de una forma en verdad curiosa, mi interés por la literatura. Por un tema de Metallica (For whom the bells toll?) supe de Hemingway y de Donne, por otro del mismo grupo (The call of Ktulluh) supe de Lovecraft; Iron Maiden me presentó a Poe, a través del tema Murders en Rue Morgue.


Y a partir de la música, tuve amigos con quienes, además de los discos, compartí el interés por los libros. Por ejemplo, mi primera lectura de Cortázar fue por una recomendación de Angelo, la primera persona con la que hablé sobre literatura alguna vez en mi vida; Angelo en esa época también escuchaba rock, después le dio por el punk.
También tuve otro amigo rockero, Juan Carlos, quien hoy ocupa puestos importantes en un Ministerio. Su padre y su madre eran docentes y también tenían libros (hoy me pregunto si yo escogía a los amigos por ese hecho). A esa edad, me excuso hoy, no me importaban mucho los títulos de los libros, ni los nombres de los autores; sé que me los prestaban, los leía rápidamente y devolvía, más preocupado por el hecho de que me prestarían otros que por el placer en sí del libro.
No pude seguir estudiando de manera normal, quiero decir, en la escuela diurna (tenía que trabajar) y me inscribí en la nocturna. Entre la salida de mi trabajo en las mañanas y la entrada al colegio, tenía unas horas, que comencé a invertir leyendo en la biblioteca pública. Podía leer horas y obras enteras sin acordarme de dónde estaba. Creo que en esa época, tenía lo que ahora llamo mejor criterio. Recuerdo haber leído Beckford, Vallejo, Alegría, Elitis, García Márquez. Ya era un lector.
Y así. No obstante todo lo que los padres nos critican y me criticaron, a mí esta música me ayudó en muchos sentidos, y hasta diría que me salvó de caer en otras cosas (delincuencia, bandas). Curiosamente, estos muchachos que sí se extraviaron tenían los mismos gustos musicales que sus padres (pero ésa es otra historia de la cual me gustaría hablar algún día). Lo que sí tengo claro es que la persona que sólo escucha música de moda rara vez se preocupa por saber algo más de lo que escucha; en cambio el rockero investiga sobre los orígenes de la banda, su influencias, quiere saber sobre instrumentos, y pare usted de contar.
Yo creo que esta época fue fundamental para mí, para ser definitivamente un lector, y quizás lo sea para muchos, porque encontré algo que me mantuvo en los textos; y cuando eso ocurre de manera firme en los dos primeros momentos es lo mejor. Cuando pienso en todos esos niños que, gracias al trabajo concienzudo de muchos docentes, y también de muchos padres, entra en contacto con diversidad de materiales, esos niños que leen cuentos, tienen cuentos, les piden a sus padres cuentos de regalo, son niños lectores, pero que después no se convierten en adolescentes lectores, concluyo que algo debe estar pasando.
Ese vacío que se crea en tal época puede tener dos grandes bases: por un lado, los adolescentes tienen otros intereses, y no saben o no encuentran muchas veces respuestas en los libros, porque sus libros de niño ya no le hablan, ya no es un niño. Y de igual modo, la literatura que se lee en la escuela, o en el liceo, tampoco da respuestas a ellos, sino que responde a la historia de la literatura o al programa o a ambos. Yo tengo tiempo haciendo una campaña estéril a favor del uso de la literatura erótica para promover la lectura entre los adolescentes, pero en todas partes me acusan de inmoral. De verdad, una de las mayores preocupaciones de los adolescentes gira en torno a la sexualidad.
Yo, que estuve en contacto con la literatura erótica, incluso antes de la adolescencia, tuve la oportunidad de leer una obra que prácticamente es pornográfica: El diario íntimo de Linda Lovelace. Y ya me ven aquí hoy: no tengo ningún trauma, no soy paidofílico (es probable que muchos pedófilos ni siquiera hayan leído una revista porno en su juventud).
Pero a lo que iba, porque el asunto es que me enganché con los textos no por el tema del sexo sino por la relación intertextual con el rock. Vi que mis otros intereses (como la música) no estaban reñidos con la lectura. Es más, como algunas veces sucede, algo que constituye un impulso definitivo hacia la lectura, encontré modelos que también eran lectores, tanto en los amigos rockeros como en mis ídolos de las bandas.
Así que en mi caso la confirmación fue paralela a la exploración y antecedió al conocimiento: cuando entré a estudiar literatura, ya mi relación con el texto era seria y estable. No tuve que saber nada acerca de la literatura, acerca de la historia, ni qué fue el romanticismo, ni que es un oxímoron, para ser un lector. El mío era un afecto anterior a la comprensión. Nada después, ni siquiera un profesor pirata, podría cambiarla.

Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox