viernes, 22 de enero de 2016

Los mejores libros que he leído

En vista de que todo el mundo hace su lista, yo también tengo la mía (a sugerencia de mi amiga Carelia Rivas Pérez):

1. Las ciudades invisibles. Italo Calvino
2. Si una noche de invierno un viajero. Italo Calvino
3. Las cosmicómicas. Italo Calvino
4. Si esto es un hombre. Primo Levy
5. Antología de la literatura fantástica. Jorge Luis Borges
6. Ficciones. Jorge Luis Borges
7. El hacedor. Jorge Luis Borges
8. Ritos. Juegos. Pasajes. Julio Cortázar
9. Un tal Lucas. Julio Cortázar
10. Poemas humanos. César Vallejo
11. Opio en las nubes. Rafael Chaparro Madiedo
12. El escarabajo de oro y otros cuentos. Edgar Allan Poe
13. Cuentos completos. Oscar Wilde
14. El retrato de Dorian Grey. Oscar Wilde
15. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
16. Una temporada en el infierno. Arthur Rimbaud
17. Ulisses. James Joyce
18. Orlando. Virginia Woolf
19. La vida instrucciones de uso. Georges Perec
20. El amante. Marguerite Duras
21. Todos los hombres son mortales. Simone de Beauvoir
22. Diccionario Jázaro. Milorad Pavic
23. Fiestas de agosto. Cesare Pavese
24. El libro negro. Giovanni Papini
25. Ensayos. Michel de Montaigne
26. Cartas filosóficas. Voltaire
27. La reina Margot. Alejandro Dumas
28. El conde de Montecristo. Alejandro Dumas
29. Madame Bovary. Gustave Flaubert
30. Papá Goriot. Honoré de Balzac
31. Cuentos italianos. Stendahl 
32. La peste. Albert Camus
33. El extranjero. Albert Camus
34. El primer hombre. Albert Camus
35. Los niños terribles. Jean Cocteau
36. Escupiré sobre tu tumba. Boris Vian
37. El jugador. Fiodor Dostoiewski
38. Por quién doblan las campanas. Ernest Hemingway
39. El guardián entre el centeno. J.D. Sallinger
40. El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald
41. La arena sucia. Mario Puzo
42. El canon occidental. Harold Bloom
43. La línea de sombra. Joseph Conrad
44. Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Robert Louis Stevenson
45. La sombra sobre Insmouth. H.P. Lovecraft
46. Historia del tiempo. Stephen Hawking
47. La trama de la vida. Fritjof Capra
48. Ensayo sobre la ceguera. José Saramago
49. Los versos satánicos. Salman Rushdie
50. Respuesta a sor Filotea de la Cruz. Sor Juan Inés de la Cruz
51. Poesía lírica. Sor Juan Inés de la Cruz
52. Doce cuentos peregrinos. Gabriel García Márquez
53. Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez
54. La invención de Morel. Adolfo Bioy Casares
55. Los siete locos. Roberto Arlt
56. Cuentos. Felisberto Hernández
57. Celestino antes del alba. Reynaldo Arenas
58. Un mundo para Julius. Alfredo Bryce Echenique
59. La guerra del fin del mundo. Mario Vargas Llosa
60. Los jefes. Los cachorros. Mario Vargas Llosa
61. La verdad de las mentiras. Mario Vargas Llosa
62. Pedro Páramo. El llano en llamas. Juan Rulfo
63. Cuentos. Joaquim Machado de Assis
64. Agosto. Rubem Fonseca
65. Inventario. Mario Benedetti
66. Cuentos. Horacio Quiroga
67. Los raros. Rubén Darío
68. Final de novela en Patagonia. Mempo Giardinelli
69. Animalitos de Dios. Lázaro Covadlo
70. El túnel. Ernesto Sábato
71. Sobre héroes y tumbas. Ernesto Sábato
72. Redoble por Rancas. Manuel Scorza
73. Casa de campo. José Donoso
74. Odas elementales. Pablo Neruda
75. Un viejo que leía novelas de amor. Luis Sepúlveda
76. El club Dumas. Arturo Pérez Reverte
77. Las ninfas. Francisco Umbral
78. Obabakoak. Bernardo Atxaga
79. El vano ayer. Isaac Rosa
80. Poeta en Nueva York. Federico García Lorca
81. A sangre fría. Truman Capote
82. Los tipos duros no bailan. Norman Mailer
83. Bartleby el escribiente. Herman Melville
84. Cartas desde la tierra. Mark Twain
85. Un yanqui en la corte del rey Arturo. Mark Twain
86. Diccionario del diablo. Ambrose Bierce
87. El club de los parricidas. Ambrose Bierce
88. Cuentos. Nataniel Hawthorne
89. Santuario. William Faulkner
90. Lincoln. Gore Vidal
91. Un día en la vida de Ivan Denisovitch. Alexander Solschenizyn
92. El mono desnudo. Desmond Morris 
93. Poemas completos. Constantino Kavafis
94. El Decamerón. Giovanni Boccaccio
95. Cuentos de Canterbury. Geoffrey Chaucer
96. Hamlet. William Shakespeare
97. El conde Lucanor. Infante Don Juan Manuel
98. La celestina. Fernando de Rojas
99. Cuentos. Nikolai Gogol
100. Cuentos. Anton Chejov
101. Cuentos. Maupassant
102. Palimpsestos. Gerard Genette
103. El grado cero de la escritura. Roland Barthes
104. Las palabras y las cosas. Michel Foucault
105. Manifiestos del surrealismo. André Breton
106. Poética. Tzvetan Todorov
107. Apocalípticos e integrados. Umberto Eco
108. Masa y poder. Elias Caneti
109. La metamorfosis. Franz Kafka
110. El esclavo. Isaac Bashevis Singer
111. M llamo rojo. Orhan Pamuk
112. Fahrenheit 451. Ray Bradbury
113. Crónicas marcianas. Ray Bradbury
114. 1984. George Orwell
115. Rebelión en la granja. George Orwell
116. Un mundo feliz. Aldous Huxley
117. La isla del doctor Moreau. H.G. Wells
118. Doce cuentos y un sueño. H.G. Wells
119. Utopía. Tomás Moro
120. La odisea. Homero
121. Pura guasa. Rafael Bolívar
122. Las lanzas coloradas. Arturo Uslar Pietri
123. Cuarenta cuentos. Arturo Uslar Pietri
124. Cuando quiero llorar no lloro. Miguel Otero Silva
125. Casas muertas. Miguel Otero Silva
126. Mi padre el inmigrante. Vicente Gerbasi
127. Cuentos grotescos. José Rafael Pocaterra
128. Doña Bárbara. Rómulo Gallegos
129. Cubagua. Enrique Bernardo Núñez
130. Viajeros de indias. Francisco Herrera Luque
131. La literatura occidental. Segundo Serrano Poncela

132. Historia de dos ciudades. Charles Dickens
133.  El reino de este mundo. Alejo Carpentier
134. La cantante calva. Eugene Ionesco
135 y 136. La gata sobre el tejado de zinc y Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams

sábado, 28 de diciembre de 2013

La escritura en cuanto profesión

Pese a la avalancha de certámenes (de baja, mediana y alta categoría), pese al proteccionismo oficial, aún cuando un autor pue­da "desenvolverse entre una beca y otra", la literatura actual me está comenzando a parecer poco menos que provinciana y aburrida. De muchos autores profesionalizados parece que sólo va quedando un subvencionado improductivo, que vive una vida literaria pero sin literatura. El principal protagonista de la literatura (de nuestros días) parece ser la crisis de la misma (y no soy el primero que lo advierte).


No resulta muy traída de los cabellos la afirmación, ya sea que se refiera a la literatura de éste o cualquier otro país: hay regularidad, hay muchos libros, hay abundancia de ediciones, pero sin textos descollantes. Tal parece ser el sino de la literatura de este principio de siglo. Muchos parecen creer que el hecho de que haya, en apariencia, subvenciones (para algunos), ingresos por ventas, y cosas así, hacen que los autores superventas (por ejemplo, Pérez Reverte), cada vez escriban peor: a mayor seguridad, las propuestas cada vez son más pobres. Aquí, allá, en todo el mundo.

A primera vista, tales insinuaciones de un hecho como causa del otro podrían parecer, de mi parte, una concepción algo romántica del oficio del escritor. No, no pretendo que el escritor deba ser una suerte de asceta, de monje entregado al sacerdocio de las letras, y que no debiera corromperse entregándose al Estado que lo subvenciona o a la editorial que le compra sus manuscritos.

Es necio pretender que la causa de la escasa relevancia literaria sean los financiamientos, sea el (¿inadecuadamente?) llamado profesionalismo. Se incurre en la falacia de creer que, en todos los casos, el escritor que se mantenga estable se mediocriza de manera automática. Además, en realidad, en otras épocas el escritor ha sido un profesional de su oficio, de su arte; un individuo que sólo se dedica a lo suyo. Entre el mecenazgo del CONAC, de los reyes de Castilla o de cualquier ente oficial o privado, no hay mucha diferencia.

Acaso con tales especulaciones estoy buscando entender el aparente vacío de la literatura contemporánea, de la falta de prepon­derancia de algún autor, escuela o propuesta. Ya no hay movimientos, ya no hay vanguardias, ya no hay modernismos, ni dadaísmos. Hay algunos autores, algunas obras. Pero no hay nada que, para mí, me indique cuál es el signo de la literatura de esta época: hay modas, nada más, de temas, autores o libros. Aunque, claro, la medianía literaria no es exclusiva de nuestro tiempo.

No quiero explicar tal vacío por otras vías, más o menos sociológicas o antropológicas: alienación, hiperestimulación en las grandes urbes, degradación del espíritu contemporáneo y cosas así. El escritor no debe su obra al hecho de vivir una determinada época sino, como parece ser, que la escribe aún a pesar de vivir su época (el argumento es de Villoro).


La explicación de la ausencia de obras descollantes quizás sea de lo más sencilla: no se puede pretender ver cada diez años más o menos, de ser posible, a un Faulkner o a un Joyce; no hay un clásico para cada lustro. Estas obras, cuando las hay, son excepciones, no constantes. Con revisar un poco la historia uno corrobora la existencia de períodos bastante extensos y bastante áridos. El vacío actual sólo podría ser una pausa entre lo último (¿el Boom?) y lo por venir, quién sabe qué, dónde y por quién.


Rafael Victorino Muñoz (@soyvictorinox)

Los libros más importantes del año 2013

A estas fechas (escribo esta nota un sábado 28 de diciembre) ya se han publicado y se seguirán publicando unas cuantas listas sobre los libros más importantes del año 2013, importantes para las editoriales, para las personas que venden los libros, algunas veces importantes para alguno que otro crítico a quien se le ha consultado la opinión para reforzar la publicidad de las editoriales, o importantes según algunas encuestas hechas con el mismo fin.

Lo peor de todo, es que normalmente estas listas se refieren a los libros publicados (incluyendo reeditados o reimpresos) en ese mismo año. Tengo para mí que quienes elaboran estas listas quizás piensan varias cosas (de más está decir que un poco falaces):

- Que todos los años se publican libros importantes
- Que los libros que se publican un año se convierten en libros importantes ese mismo año
- Que la gente compra y lee de inmediato un libro, y no lo deja para el año siguiente (como yo)
- Que las personas a las que hay que entrevistar (críticos) o encuestar (lector común) sólo valen la pena si han leído los libros publicados ese año
- Y así

Todas esas son creencias comúnmente asociadas a los discos y a las películas (que también siguen siendo creencias, aún a pesar de estar asociadas a libros y películas).

Yo no recuerdo haber leído este año un libro publicado por primera vez, reeditado o reimpreso en este 2013. Creo que tampoco me pasó en el 2012; ni en 2011. Creo que siempre ando como un poco demodé. Pero lo cierto es que nosotros, la mayoría de los lectores (que al parece no existimos para los que hacen estas listas) siempre estamos en eso: leyendo la literatura importante publicada en otros años, por no decir que en otros siglos.


Lo más probable es que no todos los libros que se publicaron en un año sean importantes o recordados luego (eso lo sabemos); lo más probable es que algunos libros que pasaron inadvertidos, para el gran público o para la crítica especializada, se conviertan en libros verdaderamente importantes luego (también deberíamos saberlo). Como decía José Bianco: lo que normalmente sobrevive de una época era lo que parecía estar más en contradicción con la época misma.

Rafael Victorino Muñoz (@soyvictorinox)

miércoles, 24 de julio de 2013

Esplendor de Portugal- Antonio Lobo Antunes

      Las notas de contraportada son los textos más falibles al momento de propalar las cualidades de un libro: llenos de lugares comunes, clichés literarios y con una prosa más cercana a la de la publicidad que a la de la crítica propiamente dicha; a menudo pensamos que las cosas que en esta clase de notas se dicen pueden fácilmente referirse a cualquier libro, inclusive el que estamos leyendo, tal es su talante ambiguo.

   Sin embargo, por primera vez puedo decir que coincido plenamente con una de esas pseudo reseñas, en este caso con un extracto de una publicación del diario El país, que aparece citado en la nota de contraportada, donde se presenta a Esplendor de Portugal como una obra en la que el autor ensancha los límites del género de la novela. Y si bien no es una total reinvención del género, sí por lo menos puedo decir que en cada libro Lobo Antunes se reinventa a sí mismo.
  Narrada a cuatro voces, o desde cuatro miradas, Esplendor de Portugal es tanto la visión del colonizador europeo sobre el territorio africano ocupado (en este caso Angola) como la visión de ese europeo hacia su madre patria, de la cual está desarraigado, quedando como en una suerte de limbo: no es europeo, se siente y se sabe despreciado por el europeo (el completamente europeo) ni es africano, ya que desprecia al local y no quiere verlo más que como lo que piensa que es: un ser escasamente superior a un animal de labranza.
   Tres hijos y una madre son las voces que se alternan en deshilvanar o hilvanar el hilo de la historia; una familia completamente disfuncional y atípica: un padre alcohólico, una hija ninfómana, un hijo bastardo y mestizo, un hijo epiléptico y acaso algo retardado. Pienso que a veces en la literatura, proceder de esta manera, es decir, tomando prestadas las voces de personajes que no son lo más conspicuo de una sociedad, sino quizás la escoria, los marginales, los execrados, produce un efecto más interesante, ya que es una mirada ni complaciente, ni conformista. Es una mirada alterna, oblicua, más irreverente, despojada de eufemismos o de posturas políticamente correctas.
   Lo que más gusta de Lobo Antunes es eso, que sus personajes no tienen doble moral, en el sentido de que son como son sin tapujos, aunque lo que digan pueda sonar a todas luces ofensivo para alguien. Por ejemplo, a menudo la madre despotrica de los esclavos negros, quienes tienen la mala costumbre de enfermarse o de morir. Para ella no son más que instrumentos, cosas, un poco más que animales pero menos que personas. No muestra conmiseración ni se disculpa por pensar como piensa, ya que en la visión de mundo donde se ha formado, eso no está mal.
   Y no es porque yo esté de acuerdo con ese discurso o esa forma de ver la vida, sino porque la literatura debe ser auténtica en algún sentido, por lo menos en éste. Y escamotear esa clase de afirmaciones o de visiones, que pueden resultar, como decía, algo o bastante chocantes, equivaldría a edulcorar la historia hasta convertir a la literatura en un cuento de hadas. Pero también, excederse y presentar todo en términos de una total sordidez y corrupción, también puede producir un efecto similar de irrealidad. Claro que Lobo Antunes tampoco peca de eso, sino que se mantiene en equilibrio sobre ambos lados, produciendo una prosa con extraño, inquietante y atrayente lirismo sórdido, valga el oxímoron.
Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox