sábado, 28 de diciembre de 2013

Los libros más importantes del año 2013

A estas fechas (escribo esta nota un sábado 28 de diciembre) ya se han publicado y se seguirán publicando unas cuantas listas sobre los libros más importantes del año 2013, importantes para las editoriales, para las personas que venden los libros, algunas veces importantes para alguno que otro crítico a quien se le ha consultado la opinión para reforzar la publicidad de las editoriales, o importantes según algunas encuestas hechas con el mismo fin.

Lo peor de todo, es que normalmente estas listas se refieren a los libros publicados (incluyendo reeditados o reimpresos) en ese mismo año. Tengo para mí que quienes elaboran estas listas quizás piensan varias cosas (de más está decir que un poco falaces):

- Que todos los años se publican libros importantes
- Que los libros que se publican un año se convierten en libros importantes ese mismo año
- Que la gente compra y lee de inmediato un libro, y no lo deja para el año siguiente (como yo)
- Que las personas a las que hay que entrevistar (críticos) o encuestar (lector común) sólo valen la pena si han leído los libros publicados ese año
- Y así

Todas esas son creencias comúnmente asociadas a los discos y a las películas (que también siguen siendo creencias, aún a pesar de estar asociadas a libros y películas).

Yo no recuerdo haber leído este año un libro publicado por primera vez, reeditado o reimpreso en este 2013. Creo que tampoco me pasó en el 2012; ni en 2011. Creo que siempre ando como un poco demodé. Pero lo cierto es que nosotros, la mayoría de los lectores (que al parece no existimos para los que hacen estas listas) siempre estamos en eso: leyendo la literatura importante publicada en otros años, por no decir que en otros siglos.


Lo más probable es que no todos los libros que se publicaron en un año sean importantes o recordados luego (eso lo sabemos); lo más probable es que algunos libros que pasaron inadvertidos, para el gran público o para la crítica especializada, se conviertan en libros verdaderamente importantes luego (también deberíamos saberlo). Como decía José Bianco: lo que normalmente sobrevive de una época era lo que parecía estar más en contradicción con la época misma.

Rafael Victorino Muñoz (@soyvictorinox)

miércoles, 24 de julio de 2013

Esplendor de Portugal- Antonio Lobo Antunes

      Las notas de contraportada son los textos más falibles al momento de propalar las cualidades de un libro: llenos de lugares comunes, clichés literarios y con una prosa más cercana a la de la publicidad que a la de la crítica propiamente dicha; a menudo pensamos que las cosas que en esta clase de notas se dicen pueden fácilmente referirse a cualquier libro, inclusive el que estamos leyendo, tal es su talante ambiguo.

   Sin embargo, por primera vez puedo decir que coincido plenamente con una de esas pseudo reseñas, en este caso con un extracto de una publicación del diario El país, que aparece citado en la nota de contraportada, donde se presenta a Esplendor de Portugal como una obra en la que el autor ensancha los límites del género de la novela. Y si bien no es una total reinvención del género, sí por lo menos puedo decir que en cada libro Lobo Antunes se reinventa a sí mismo.
  Narrada a cuatro voces, o desde cuatro miradas, Esplendor de Portugal es tanto la visión del colonizador europeo sobre el territorio africano ocupado (en este caso Angola) como la visión de ese europeo hacia su madre patria, de la cual está desarraigado, quedando como en una suerte de limbo: no es europeo, se siente y se sabe despreciado por el europeo (el completamente europeo) ni es africano, ya que desprecia al local y no quiere verlo más que como lo que piensa que es: un ser escasamente superior a un animal de labranza.
   Tres hijos y una madre son las voces que se alternan en deshilvanar o hilvanar el hilo de la historia; una familia completamente disfuncional y atípica: un padre alcohólico, una hija ninfómana, un hijo bastardo y mestizo, un hijo epiléptico y acaso algo retardado. Pienso que a veces en la literatura, proceder de esta manera, es decir, tomando prestadas las voces de personajes que no son lo más conspicuo de una sociedad, sino quizás la escoria, los marginales, los execrados, produce un efecto más interesante, ya que es una mirada ni complaciente, ni conformista. Es una mirada alterna, oblicua, más irreverente, despojada de eufemismos o de posturas políticamente correctas.
   Lo que más gusta de Lobo Antunes es eso, que sus personajes no tienen doble moral, en el sentido de que son como son sin tapujos, aunque lo que digan pueda sonar a todas luces ofensivo para alguien. Por ejemplo, a menudo la madre despotrica de los esclavos negros, quienes tienen la mala costumbre de enfermarse o de morir. Para ella no son más que instrumentos, cosas, un poco más que animales pero menos que personas. No muestra conmiseración ni se disculpa por pensar como piensa, ya que en la visión de mundo donde se ha formado, eso no está mal.
   Y no es porque yo esté de acuerdo con ese discurso o esa forma de ver la vida, sino porque la literatura debe ser auténtica en algún sentido, por lo menos en éste. Y escamotear esa clase de afirmaciones o de visiones, que pueden resultar, como decía, algo o bastante chocantes, equivaldría a edulcorar la historia hasta convertir a la literatura en un cuento de hadas. Pero también, excederse y presentar todo en términos de una total sordidez y corrupción, también puede producir un efecto similar de irrealidad. Claro que Lobo Antunes tampoco peca de eso, sino que se mantiene en equilibrio sobre ambos lados, produciendo una prosa con extraño, inquietante y atrayente lirismo sórdido, valga el oxímoron.
Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox

domingo, 23 de junio de 2013

Las ninfas - Francisco Umbral

Cuando yo era un joven, un adolescente inexperto, y aún no aprendiz de escritor, tuve la oportunidad de leer una novela sobre un joven, un adolescente inexperto, aprendiz de escritor, que quería- hoy ya puedo reconstruir la frase completa- ser sublime sin interrupción.

A esa edad, me excuso hoy, no importan mucho los títulos de los libros (no me importaban), ni los nombres de los autores; sé que me lo prestaron, el volumen, sé que lo leí rápidamente y lo devolví, más preocupado por el hecho de que me prestarían otros que por el placer en sí del libro. Pero de todas las lecturas de esa primera época verdaderamente feliz de mi vida como lector, ése fue precisamente el que más indeleble se presentaba en la memoria.

Nunca quise preguntar a nadie, por el temor de que el autor resultara a la larga literatura no muy seria aquella que veneraba tanto mi memoria. Claro, tampoco recordaba demasiados detalles, que me permitieran indagar. Es difícil preguntar por un libro del que uno apenas recuerda detalles, cuyo título y autor hemos olvidado. Pero en el fondo, de alguna manera azarosa y vaga lo buscaba, buscaba ese libro.

He aquí que un día estoy en un remate de libros y veo una novela del vallisoletano Francisco Umbral, de quien no había leído más que un paródico diccionario de literatura, donde se burla de todos y de sí, y en unas declaraciones de prensa que querían parecer polémicas o altisonantes. (Según declaraba el autor, no importaba que se acabara la literatura por culpa de la Internet, porque él había desarrollado ya su obra.)

Tomé la novela pensando que, como no tenía un libro del autor, bien podría comprarla (sólo por esa razón), y por ver si aparte de sus insolencias habría escrito alguna vez algo que justificara sus declaraciones tremendistas. Abro una página al azar y encuentro el inconfundible nombre del personaje secundario: Cristo Teodorito, alter ego del personaje principal, narrador protagonista; alter ego, a su vez, del escritor.

Después de comprarlo y llegar a mi casa, debo haber leído el texto con el mismo fervor frenético de mi juventud, y con el mismo juicio concluyente al final, aun a pesar de que solemos creer que todo lo que nos gustaba de niños o de jóvenes (la comida, la ropa, la música o algunas mujeres) son detestables sólo por el hecho de que nos gustaban cuando éramos niños o éramos jóvenes.

Creo haber leído buenas novelas, disfrutando a veces a ratos, a veces al final, a veces ambas (como con Por quién doblan las campanas), a veces cuando se rehace en la mente de manera global la historia (como sucede necesariamente con La invención de Morel). Pero haber degustado cada línea, paso a paso, sólo con Las ninfas (de verdad me parece que el título no dice nada para lo que es), y con una que es completamente diferente: Los tipos duros no bailan.

Las ninfas es una suerte de novela de iniciación mezclada con cuadro de costumbres de la vida literaria de una ciudad provinciana en una España post guerra civil. El argumento no debe diferir demasiado de las de este mismo género: un joven que comienza a conocer la vida, el sexo, las letras, entre delirios religiosos, borracheras y reprobaciones de los padres y de la sociedad.

El inicio es bastante lírico, lo cual es una forma de decir que lo anecdótico es secundario. Esto último va ganando peso y el soliloquio cede paso a la reconstrucción de los hechos; aunque también a la reflexión, reflexión desde la distante madurez del autor (ya mayor de 30 años para la época en que reescribe) y que sin embargo no diluye la esencia del sentir adolescente.

Coincido con Vargas Llosa en su afirmación con respecto a que quienes disfrutamos de la literatura tenemos más recuerdos gratos asociados a lo que hemos leído que a cualquier otra cosa o hecho en nuestras vidas: más recuerdos memorables de libros leídos que- añado yo- de besos (sólo en algunos casos), juegos de básquet, borracheras, viajes, desengaños amorosos. Y acaso todo eso lo vivimos como en un texto.

Por otra parte, mientras leía Las ninfas, mientras recordaba y pensaba en lo que era y fue para mí esta obra (el libro más importante), la mayor pregunta que me hacía- por qué esa emoción había sido tan indeleble para mí- ya había sido respondida por el mismo autor:


... sólo muchos años más tarde he vuelto a saber que, efectivamente... lo que uno lee después de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro, como se escribe el mismo libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde pueda poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquéllos.

Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox

miércoles, 8 de mayo de 2013

Moby dick: epitafio o libro total


El término libro total ha sido empleado, en no pocas ocasiones, con diferentes sentidos y connotaciones, para referirse a cosas tan dispares como una biblioteca digital o a proyectos culturales, entre otros. Pero, yo siempre he pensado en que el término cabe aplicarlo a algunos libros, ciertos libros, que pueden o quieren abarcar una totalidad. Y aquí noto, nuevamente, que incurre en otro oxímoron (un metaoxímoron), que me obligará a explicarme aún más.
¿Qué clase de totalidad puede abarcar un libro? ¿Puede el libro, un libro, decir todo con respecto a algo, sin que quepa decir nada más, sin que quepa posibilidades para glosas, interpretaciones, comentarios, prólogos y otras adendas? Evidentemente, no: siempre habrá algo más que decir, sobre el tema, o sobre el libro. De modo tal que el libro total en el que pienso sería algo así como la prueba ontológica de San Anselmo: lo mayor que lo cual nada pueda pensarse. Dicho de otro modo, y referido al texto: puede decirse algo más sobre el tema, o sobre el libro, pero ese algo más nunca superará el libro en cuestión.
Hay varios, entonces, que se me antojan como ejemplos: Ulises, sin lugar a dudas, es un libro total, en algún sentido. Pueden decirse muchas cosas sobre Joyce, sobre Stephen Dedalus, puede escribirse una novela que trate de abarcar, en muchas páginas, la totalidad de un día en la vida de alguien; incluso una tan vasta, o más vasta, que la de Joyce, pero no creo que opaque o haga sombra a Ulises. Lo mismo pienso de Moby dick: novela, tratado sobre el arte de cazar ballenas, historia de la caza de ballenas, volumen que compila, comenta y complementa todos los textos anteriores sobre el arte de cazar ballenas y aún más.
Puede haber otros libros sobre la caza de las ballenas, y de hecho pueden haberse escrito (en este momento confieso mi total ignorancia al respecto), pero todos los posteriores van a tener que mencionar, homenajear, parafrasear, o tener en cuenta, de manera u otra, insoslayablemente, la vasta, erudita, sesuda y voluminosa obra de Melville. Incluso, no mencionarla, intencionalmente, puede considerarse una voluntaria reacción contra la misma, algo así como hablar del psicoanálisis sin hablar de Freud; de modo tal que se entrevería claramente la intención iconoclasta, parricida, del autor que decidiera ignorarla (cuando no la ignorancia pura y simple).
Se queda entonces, el libro total, como peñón de Gibraltar, resistiendo el embate del tiempo, y marcando algo que no nos gustaría admitir: algo que no podrá jamás superarse es también algo que no va a volver a ocurrir. En una nota que escribí sobre los clásicos decía: si un libro clásico es la obra que marca el punto culminante de una cultura, una cultura debería cuidarse, entonces, de producir clásicos, porque más allá no hay nada más. Después de la Iliada y la Odisea, no hubo épica griega; después del Quijote, terminó de morir la novela de caballería; después de Melville, no hubo novelas sobre el arte de cazar ballenas (y si las hubo, a nadie le importan).
Un libro total es también un epitafio.