sábado, 8 de julio de 2017

EL ROCK NO TIENE LA CULPA DE SU REPUTACIÓN

La pregunta cómo te hiciste lector no tiene una respuesta única, no sólo porque la génesis de este interés puede variar de persona a persona, las circunstancias familiares, sociales y culturales son diversas, sino también porque incluso en una misma persona confluyen diversos acontecimientos (podría llamarlos influencias), a veces en diversos momentos. De esos momentos quiero hablar, a título absolutamente personal (aunque a veces hablo en plural); esto que aquí digo es mi teoría acerca de cómo me convertí en lector. Si alguien que me escucha se viera retratado, sépase qué se hace con ese destino, como diría Silvio.
De esta manera, convertirse en lector no es un hecho, es un proceso, un proceso en el cual hay circunstancias que nos hacen acercarnos y otras veces alejarnos. Esto es muy importante que lo sepan los docentes y promotores de lectura: el acercamiento a la lectura no ocurre de una sola vez, por insight. Así como puede nacer alguna vez, hay que criarlo para que no fallezca apenas nace, estimularlo para que crezca, sostenerlo para que se prolongue en el tiempo. Después, algún día, ya grande, podrá andar solo por el mundo de las librerías y las bibliotecas.
En este caso, el afecto por los libros se parece más al afecto por las personas; incluso, creo que atraviesa por las mismas fases durante las cuales desarrollamos afecto hacia las personas. Estas fases son: descubrimiento, exploración, conocimiento y confirmación (no necesariamente en ese orden). Si no se pasa por los cuatro momentos, el afecto se extingue. A menudo en la escuela sólo asistimos al descubrimiento, a veces a la exploración; los que estudian letras y hacen talleres pueden construir conocimiento acerca del texto; pero esto último no significa necesariamente que confirmen su vocación de lectores, sobre todo si las dos primeras fases no fueron significativas.
Voy a hablar ahora de mi descubrimiento del texto escrito. Mi relación con el texto escrito creo que comenzó cuando, siendo un niño de ocho años, tenía que acompañar al mercado a una tía, que era como el ama de casa en donde yo vivía, con mis abuelos. Como pago, a veces me obsequiaban con una galleta o con una moneda de cinco bolívares. Un día el regalo cambió: era una historieta ilustrada titulada Memín Pingüín, mi tía la compró para regalármela, pero porque de seguro era ella la que quería leerla. No obstante, me gustó. Así, comencé a pasar cada sábado esperando el momento de ir al mercado y de recibir mi historieta como pago.
Como puede verse, en este momento de descubrimiento de la lectura no menciono para nada mi aprendizaje en la escuela. Como muchos de ustedes saben, en ese tiempo la enseñanza de la lectura se limitaba a la enseñanza del código, más bien, a la enseñanza del sistema de correspondencias grafo-fonéticas. Porque otros aspectos del código (como la sintaxis) lo enseñan después y otros prácticamente nunca.
Volviendo a mi historia, entramos a la fase de la exploración, que es más prolongada que el descubrimiento. El descubrimiento es sólo un momento, que en mi caso terminó cuando, con el tiempo llegó a disgustarme el Memín Pingüin, porque se me “acababa” muy rápido: en comparación con el tiempo de espera (una semana) el tiempo que leía (quince minutos) era desproporcionado. Me volví exigente: pedí un texto que no tuviera muchas ilustraciones, o ninguna, porque éstas ocupaban mucho espacio y las letras muy poco.
Así llegué los westerns, que eran los favoritos de mi papá y de un tío abuelo; aunque no vivían conmigo pero a veces me los prestaban: Keith Luger y Silver Kane (mis favoritos), Estefanía, entre otros. (Hoy me parece extraño que no censuraran mis precoces gustos por esta literatura donde cada tres páginas había un muerto.) A ellos los abandoné un poco por Ágata Christie, lectura preferida por la tía antes mencionada.
Después o durante encontré algunos volúmenes en el cuarto del fondo de la casa de mi abuela, una habitación que usaban para depositar los trastos inservibles y que nosotros apodábamos como el cuarto de las ratas; entre esos libros recuerdo los textos de primaria de mis tíos: un Loyola y unas Nociones Elementales y una Geografía Universal, que me gustaban porque eran más grandes, gruesos y porque me parecían cosa de gente mayor.
Creo que leí tres veces de manera consecutiva todos los volúmenes de una enciclopedia de historia que tenía uno de esos tíos, aficionado también a manuales de psicología que yo tampoco dejé pasar; después releí los volúmenes que más me gustaron de la enciclopedia de historia (por ejemplo, el imperio persa), quizá unas cinco veces.
Esto fue una práctica frecuente en mi primera infancia literaria: éramos pobres y no podían comprarme libros. Por eso, cuando me preguntaban qué quería para mi cumpleaños siempre pedía un libro. Normalmente no me hacían caso; tal vez veían con escepticismo que un niño leyera y pidiera libros motu proprio. Por lo general recibía rompecabezas y otros juguetes “educativos”, para “desarrollar” mi inteligencia.
Como no manejaba nombres de autores y de títulos, las pocas veces que accedieron a complacerme en mis peticiones y me preguntaba qué quería exactamente, yo decía “cualquier libro” y dejaba que ellos escogieran. Nunca acertaban, ya que suponían que yo leía cosas de niños: Las nuevas aventuras de Superman, Historias de Walt Disney espantosamente ilustradas (101 dálmatas, Blancanieves, Dumbo, La dama y el vagabundo). Otros regalos, menos pueriles pero igualmente insufribles para mí en esa época, fueron: Pensamientos del libertador, El popol-vuh, una reconstrucción histórico antropológica de las 1.001 noches. (En posteriores lecturas los he disfrutado, los tres.)
Yo también leía los libros del colegio. Los leía en cuanto me los compraban, la primera semana de clase. Después me pasaba todo el año escolar aburrido y abrumando a mis maestras por todo lo que sabía: para mí no era más que un repaso (confieso que siempre he tenido una memoria que hasta a mí me sorprende).
Por otra parte, cuando visitaba con mi abuelo a algún pariente, a veces íbamos a casas donde había bibliotecas. Si me preguntaban qué quería hacer (para que no molestara a los mayores), si quería jugar (aunque casi nunca había otros niños), yo preguntaba por la biblioteca (quizá creía que en todas las casa debía haber una). Recuerdo sobre todo la de mis padrinos. Creo que allí perpetré mi primer hurto: no me acuerdo de cuál fue el texto, sé que después me arrepentí pero no por remordimientos de conciencia, sino porque no me gustó el libro y pensé que pude haber escogido otro y me arriesgué por algo inútil.
A los once años me mudé a casa de mi madre. Trabé amistad con varios niños, entre los cuales recuerdo a Dorian; Dorian tenía lo que yo entonces creía que eran libros de verdad: enciclopedias sobre botánica y zoología, sobre la segunda guerra mundial, sobre armas, barcos, edificios, y el tesoro de la juventud. No tenía mucha literatura en el sentido estricto del término. A mí eso no me importaba: para mí lo fundamental era la información, el conocimiento, no la estética ni el entretenimiento; a pesar de lo cual puedo decir que me distraje mucho con aquellos grandes libracos que se vendían en todos los kioscos a un precio inalcanzable para mí.
Ya había llegado a la lectura, sí, pero no a la literatura, aún. En toda la enumeración que he hecho anteriormente, no podrán encontrar más que un solo libro que forma parte de la historia de la literatura universal. Ya saben cuál es la moraleja de esta parte de mi historia.
Del bachillerato recuerdo el Baratillo del libro, un sótano ubicado en la calle comercio, detrás de la CANTV donde me gastaba la merienda comprando libros. Mi autor favorito, en ese entonces, era Otrova Gomas (Jaime Ballestas). Por supuesto, compraba algunos porque así me resultaba más fácil esconder otros en mi bolso: rara vez un dependiente de tienda se fija en alguien que compra, mas le resulta sospechoso el que entra y sale sin comprar nada. Sólo el que ama los libros es capaz de robarlos; robar un libro es como robarse un beso.
No quiero hacer creer que yo era un niño anormal, que se la pasaba leyendo; antes al contrario, siempre he sido un buen jugador de básquet, hasta la universidad incluso. Me escapaba del liceo para ir al cerro o al río. Pedía dinero en las calles, para ir a centros de videojuego (a los cuales aún soy adicto). Mis únicas diferencias con el resto de los compañeros, aparte del gusto por la lectura, consistían en: mi desdén por las peleas a puñetazos; mis extraordinarias notas (nunca me aplazaron en nada y siempre fui el de mejor promedio, hasta el postgrado); era el único alumno que le ganaba jugando ajedrez al profesor de dibujo técnico.
Paralelamente, en esa época había comenzado a escuchar rock. Lo cual también terminó de orientarme y promovió, de una forma en verdad curiosa, mi interés por la literatura. Por un tema de Metallica (For whom the bells toll?) supe de Hemingway y de Donne, por otro del mismo grupo (The call of Ktulluh) supe de Lovecraft; Iron Maiden me presentó a Poe, a través del tema Murders en Rue Morgue.


Y a partir de la música, tuve amigos con quienes, además de los discos, compartí el interés por los libros. Por ejemplo, mi primera lectura de Cortázar fue por una recomendación de Angelo, la primera persona con la que hablé sobre literatura alguna vez en mi vida; Angelo en esa época también escuchaba rock, después le dio por el punk.
También tuve otro amigo rockero, Juan Carlos, quien hoy ocupa puestos importantes en un Ministerio. Su padre y su madre eran docentes y también tenían libros (hoy me pregunto si yo escogía a los amigos por ese hecho). A esa edad, me excuso hoy, no me importaban mucho los títulos de los libros, ni los nombres de los autores; sé que me los prestaban, los leía rápidamente y devolvía, más preocupado por el hecho de que me prestarían otros que por el placer en sí del libro.
No pude seguir estudiando de manera normal, quiero decir, en la escuela diurna (tenía que trabajar) y me inscribí en la nocturna. Entre la salida de mi trabajo en las mañanas y la entrada al colegio, tenía unas horas, que comencé a invertir leyendo en la biblioteca pública. Podía leer horas y obras enteras sin acordarme de dónde estaba. Creo que en esa época, tenía lo que ahora llamo mejor criterio. Recuerdo haber leído Beckford, Vallejo, Alegría, Elitis, García Márquez. Ya era un lector.
Y así. No obstante todo lo que los padres nos critican y me criticaron, a mí esta música me ayudó en muchos sentidos, y hasta diría que me salvó de caer en otras cosas (delincuencia, bandas). Curiosamente, estos muchachos que sí se extraviaron tenían los mismos gustos musicales que sus padres (pero ésa es otra historia de la cual me gustaría hablar algún día). Lo que sí tengo claro es que la persona que sólo escucha música de moda rara vez se preocupa por saber algo más de lo que escucha; en cambio el rockero investiga sobre los orígenes de la banda, su influencias, quiere saber sobre instrumentos, y pare usted de contar.
Yo creo que esta época fue fundamental para mí, para ser definitivamente un lector, y quizás lo sea para muchos, porque encontré algo que me mantuvo en los textos; y cuando eso ocurre de manera firme en los dos primeros momentos es lo mejor. Cuando pienso en todos esos niños que, gracias al trabajo concienzudo de muchos docentes, y también de muchos padres, entra en contacto con diversidad de materiales, esos niños que leen cuentos, tienen cuentos, les piden a sus padres cuentos de regalo, son niños lectores, pero que después no se convierten en adolescentes lectores, concluyo que algo debe estar pasando.
Ese vacío que se crea en tal época puede tener dos grandes bases: por un lado, los adolescentes tienen otros intereses, y no saben o no encuentran muchas veces respuestas en los libros, porque sus libros de niño ya no le hablan, ya no es un niño. Y de igual modo, la literatura que se lee en la escuela, o en el liceo, tampoco da respuestas a ellos, sino que responde a la historia de la literatura o al programa o a ambos. Yo tengo tiempo haciendo una campaña estéril a favor del uso de la literatura erótica para promover la lectura entre los adolescentes, pero en todas partes me acusan de inmoral. De verdad, una de las mayores preocupaciones de los adolescentes gira en torno a la sexualidad.
Yo, que estuve en contacto con la literatura erótica, incluso antes de la adolescencia, tuve la oportunidad de leer una obra que prácticamente es pornográfica: El diario íntimo de Linda Lovelace. Y ya me ven aquí hoy: no tengo ningún trauma, no soy paidofílico (es probable que muchos pedófilos ni siquiera hayan leído una revista porno en su juventud).
Pero a lo que iba, porque el asunto es que me enganché con los textos no por el tema del sexo sino por la relación intertextual con el rock. Vi que mis otros intereses (como la música) no estaban reñidos con la lectura. Es más, como algunas veces sucede, algo que constituye un impulso definitivo hacia la lectura, encontré modelos que también eran lectores, tanto en los amigos rockeros como en mis ídolos de las bandas.
Así que en mi caso la confirmación fue paralela a la exploración y antecedió al conocimiento: cuando entré a estudiar literatura, ya mi relación con el texto era seria y estable. No tuve que saber nada acerca de la literatura, acerca de la historia, ni qué fue el romanticismo, ni que es un oxímoron, para ser un lector. El mío era un afecto anterior a la comprensión. Nada después, ni siquiera un profesor pirata, podría cambiarla.

Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox

lunes, 13 de junio de 2016

Leer ladrillos

Cuando uno escucha la palabra monumento piensa en algo hermoso o en algo grande. A veces las dos cosas. Hay libros que son considerados obras monumentales de la literatura. Pero esta categorización obedece más que todo a un asunto de volumen. Son libros pesados, en los dos sentidos de la palabra. 
No me avergüenza confesar que algunos de estos me han aburrido hasta el punto tal de no poder terminarlos. A esta edad creo estar seguro de que no los leeré y/o culminaré jamás. Algunos sí he podido leerlos; los he disfrutado a ratos o los he disfrutado del todo. A veces he saltado, pero he terminado.
Esta, a continuación, es otra lista, aún más arbitraria que la anterior; arbitraria para otros, que no para mí: no creo en los cánones, excepto en los absolutamente personales (en la próxima entrega hablaré de ello). 

Inicio con la Divina comedia, a la que dos veces he dejado a las puertas del infierno, fracasando en mi intento de ir más allá (aunque no sé si el fracaso es mío o del Dante). También incluyo el Quijote, de cuya segunda parte sólo sé que existe. De El capital conozco su contenido por las innumerables reseñas, resúmenes, críticas y epígonos. Están los que vienen en varios tomos, como En busca del tiempo perdido (tiempo perdido para Proust, el que dedicó a eso) y el libro sin atributos (o El hombre sin atributos, quise decir). Debo añadir a este dudoso catálogo el Acto de fe, de Caneti, quien tiene otro ladrillo que sí es muy bueno (Masa y poder), y uno de un autor más reciente, que es Los detectives salvajes de Bolaños.
Pero, por otra parte, están esos libros vastos e igualmente a ratos insufribles, que sin embargo sí he podido culminar, por razones que no busco explicar ni comprender; si las hubo, habría que buscarlas no en los mismos libros sino en mi estado de ánimo o en mi disposición de tiempo para el momento. Tal es el caso de Moby dick (saltando un poco aquí y un poco allá) y Los miserables (aunque varias veces sentí deseos de torcerle el cuello al cisne). Me parece que Ulises y Rayuela tienen algo de ladrillos; y los he leído, no obstante.
Creo que el libro más extenso que he culminado es La guerra y la paz (sólo en un país tan desmesurado como Rusia pudo haberse gestado un libro tan desmesurado como éste). Hay que soportar trescientas páginas de chismorreo de príncipes y condesas en reuniones de salón para ver algo de acción. 
Sé que hay otros más largos, pero no los he leído, no los he culminado o no los he disfrutado. En algún momento veré con los que no he iniciado; porque a los que les di una primera oportunidad, creo que vale lo mismo que para las ex novias. 
Y tú, lector, ¿de qué ladrillos está hecha tu biblioteca?

Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox

viernes, 22 de enero de 2016

Los mejores libros que he leído

En vista de que todo el mundo hace su lista, yo también tengo la mía (a sugerencia de mi amiga Carelia Rivas Pérez):

1. Las ciudades invisibles. Italo Calvino
2. Si una noche de invierno un viajero. Italo Calvino
3. Las cosmicómicas. Italo Calvino
4. Si esto es un hombre. Primo Levy
5. Antología de la literatura fantástica. Jorge Luis Borges
6. Ficciones. Jorge Luis Borges
7. El hacedor. Jorge Luis Borges
8. Ritos. Juegos. Pasajes. Julio Cortázar
9. Un tal Lucas. Julio Cortázar
10. Poemas humanos. César Vallejo
11. Opio en las nubes. Rafael Chaparro Madiedo
12. El escarabajo de oro y otros cuentos. Edgar Allan Poe
13. Cuentos completos. Oscar Wilde
14. El retrato de Dorian Grey. Oscar Wilde
15. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
16. Una temporada en el infierno. Arthur Rimbaud
17. Ulisses. James Joyce
18. Orlando. Virginia Woolf
19. La vida instrucciones de uso. Georges Perec
20. El amante. Marguerite Duras
21. Todos los hombres son mortales. Simone de Beauvoir
22. Diccionario Jázaro. Milorad Pavic
23. Fiestas de agosto. Cesare Pavese
24. El libro negro. Giovanni Papini
25. Ensayos. Michel de Montaigne
26. Cartas filosóficas. Voltaire
27. La reina Margot. Alejandro Dumas
28. El conde de Montecristo. Alejandro Dumas
29. Madame Bovary. Gustave Flaubert
30. Papá Goriot. Honoré de Balzac
31. Cuentos italianos. Stendahl 
32. La peste. Albert Camus
33. El extranjero. Albert Camus
34. El primer hombre. Albert Camus
35. Los niños terribles. Jean Cocteau
36. Escupiré sobre tu tumba. Boris Vian
37. El jugador. Fiodor Dostoiewski
38. Por quién doblan las campanas. Ernest Hemingway
39. El guardián entre el centeno. J.D. Sallinger
40. El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald
41. La arena sucia. Mario Puzo
42. El canon occidental. Harold Bloom
43. La línea de sombra. Joseph Conrad
44. Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Robert Louis Stevenson
45. La sombra sobre Insmouth. H.P. Lovecraft
46. Historia del tiempo. Stephen Hawking
47. La trama de la vida. Fritjof Capra
48. Ensayo sobre la ceguera. José Saramago
49. Los versos satánicos. Salman Rushdie
50. Respuesta a sor Filotea de la Cruz. Sor Juan Inés de la Cruz
51. Poesía lírica. Sor Juan Inés de la Cruz
52. Doce cuentos peregrinos. Gabriel García Márquez
53. Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez
54. La invención de Morel. Adolfo Bioy Casares
55. Los siete locos. Roberto Arlt
56. Cuentos. Felisberto Hernández
57. Celestino antes del alba. Reynaldo Arenas
58. Un mundo para Julius. Alfredo Bryce Echenique
59. La guerra del fin del mundo. Mario Vargas Llosa
60. Los jefes. Los cachorros. Mario Vargas Llosa
61. La verdad de las mentiras. Mario Vargas Llosa
62. Pedro Páramo. El llano en llamas. Juan Rulfo
63. Cuentos. Joaquim Machado de Assis
64. Agosto. Rubem Fonseca
65. Inventario. Mario Benedetti
66. Cuentos. Horacio Quiroga
67. Los raros. Rubén Darío
68. Final de novela en Patagonia. Mempo Giardinelli
69. Animalitos de Dios. Lázaro Covadlo
70. El túnel. Ernesto Sábato
71. Sobre héroes y tumbas. Ernesto Sábato
72. Redoble por Rancas. Manuel Scorza
73. Casa de campo. José Donoso
74. Odas elementales. Pablo Neruda
75. Un viejo que leía novelas de amor. Luis Sepúlveda
76. El club Dumas. Arturo Pérez Reverte
77. Las ninfas. Francisco Umbral
78. Obabakoak. Bernardo Atxaga
79. El vano ayer. Isaac Rosa
80. Poeta en Nueva York. Federico García Lorca
81. A sangre fría. Truman Capote
82. Los tipos duros no bailan. Norman Mailer
83. Bartleby el escribiente. Herman Melville
84. Cartas desde la tierra. Mark Twain
85. Un yanqui en la corte del rey Arturo. Mark Twain
86. Diccionario del diablo. Ambrose Bierce
87. El club de los parricidas. Ambrose Bierce
88. Cuentos. Nataniel Hawthorne
89. Santuario. William Faulkner
90. Lincoln. Gore Vidal
91. Un día en la vida de Ivan Denisovitch. Alexander Solschenizyn
92. El mono desnudo. Desmond Morris 
93. Poemas completos. Constantino Kavafis
94. El Decamerón. Giovanni Boccaccio
95. Cuentos de Canterbury. Geoffrey Chaucer
96. Hamlet. William Shakespeare
97. El conde Lucanor. Infante Don Juan Manuel
98. La celestina. Fernando de Rojas
99. Cuentos. Nikolai Gogol
100. Cuentos. Anton Chejov
101. Cuentos. Maupassant
102. Palimpsestos. Gerard Genette
103. El grado cero de la escritura. Roland Barthes
104. Las palabras y las cosas. Michel Foucault
105. Manifiestos del surrealismo. André Breton
106. Poética. Tzvetan Todorov
107. Apocalípticos e integrados. Umberto Eco
108. Masa y poder. Elias Caneti
109. La metamorfosis. Franz Kafka
110. El esclavo. Isaac Bashevis Singer
111. M llamo rojo. Orhan Pamuk
112. Fahrenheit 451. Ray Bradbury
113. Crónicas marcianas. Ray Bradbury
114. 1984. George Orwell
115. Rebelión en la granja. George Orwell
116. Un mundo feliz. Aldous Huxley
117. La isla del doctor Moreau. H.G. Wells
118. Doce cuentos y un sueño. H.G. Wells
119. Utopía. Tomás Moro
120. La odisea. Homero
121. Pura guasa. Rafael Bolívar
122. Las lanzas coloradas. Arturo Uslar Pietri
123. Cuarenta cuentos. Arturo Uslar Pietri
124. Cuando quiero llorar no lloro. Miguel Otero Silva
125. Casas muertas. Miguel Otero Silva
126. Mi padre el inmigrante. Vicente Gerbasi
127. Cuentos grotescos. José Rafael Pocaterra
128. Doña Bárbara. Rómulo Gallegos
129. Cubagua. Enrique Bernardo Núñez
130. Viajeros de indias. Francisco Herrera Luque
131. La literatura occidental. Segundo Serrano Poncela

132. Historia de dos ciudades. Charles Dickens
133.  El reino de este mundo. Alejo Carpentier
134. La cantante calva. Eugene Ionesco
135 y 136. La gata sobre el tejado de zinc y Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams

sábado, 28 de diciembre de 2013

La escritura en cuanto profesión

Pese a la avalancha de certámenes (de baja, mediana y alta categoría), pese al proteccionismo oficial, aún cuando un autor pue­da "desenvolverse entre una beca y otra", la literatura actual me está comenzando a parecer poco menos que provinciana y aburrida. De muchos autores profesionalizados parece que sólo va quedando un subvencionado improductivo, que vive una vida literaria pero sin literatura. El principal protagonista de la literatura (de nuestros días) parece ser la crisis de la misma (y no soy el primero que lo advierte).


No resulta muy traída de los cabellos la afirmación, ya sea que se refiera a la literatura de éste o cualquier otro país: hay regularidad, hay muchos libros, hay abundancia de ediciones, pero sin textos descollantes. Tal parece ser el sino de la literatura de este principio de siglo. Muchos parecen creer que el hecho de que haya, en apariencia, subvenciones (para algunos), ingresos por ventas, y cosas así, hacen que los autores superventas (por ejemplo, Pérez Reverte), cada vez escriban peor: a mayor seguridad, las propuestas cada vez son más pobres. Aquí, allá, en todo el mundo.

A primera vista, tales insinuaciones de un hecho como causa del otro podrían parecer, de mi parte, una concepción algo romántica del oficio del escritor. No, no pretendo que el escritor deba ser una suerte de asceta, de monje entregado al sacerdocio de las letras, y que no debiera corromperse entregándose al Estado que lo subvenciona o a la editorial que le compra sus manuscritos.

Es necio pretender que la causa de la escasa relevancia literaria sean los financiamientos, sea el (¿inadecuadamente?) llamado profesionalismo. Se incurre en la falacia de creer que, en todos los casos, el escritor que se mantenga estable se mediocriza de manera automática. Además, en realidad, en otras épocas el escritor ha sido un profesional de su oficio, de su arte; un individuo que sólo se dedica a lo suyo. Entre el mecenazgo del CONAC, de los reyes de Castilla o de cualquier ente oficial o privado, no hay mucha diferencia.

Acaso con tales especulaciones estoy buscando entender el aparente vacío de la literatura contemporánea, de la falta de prepon­derancia de algún autor, escuela o propuesta. Ya no hay movimientos, ya no hay vanguardias, ya no hay modernismos, ni dadaísmos. Hay algunos autores, algunas obras. Pero no hay nada que, para mí, me indique cuál es el signo de la literatura de esta época: hay modas, nada más, de temas, autores o libros. Aunque, claro, la medianía literaria no es exclusiva de nuestro tiempo.

No quiero explicar tal vacío por otras vías, más o menos sociológicas o antropológicas: alienación, hiperestimulación en las grandes urbes, degradación del espíritu contemporáneo y cosas así. El escritor no debe su obra al hecho de vivir una determinada época sino, como parece ser, que la escribe aún a pesar de vivir su época (el argumento es de Villoro).


La explicación de la ausencia de obras descollantes quizás sea de lo más sencilla: no se puede pretender ver cada diez años más o menos, de ser posible, a un Faulkner o a un Joyce; no hay un clásico para cada lustro. Estas obras, cuando las hay, son excepciones, no constantes. Con revisar un poco la historia uno corrobora la existencia de períodos bastante extensos y bastante áridos. El vacío actual sólo podría ser una pausa entre lo último (¿el Boom?) y lo por venir, quién sabe qué, dónde y por quién.


Rafael Victorino Muñoz (@soyvictorinox)