domingo, 23 de junio de 2013

Las ninfas - Francisco Umbral

Cuando yo era un joven, un adolescente inexperto, y aún no aprendiz de escritor, tuve la oportunidad de leer una novela sobre un joven, un adolescente inexperto, aprendiz de escritor, que quería- hoy ya puedo reconstruir la frase completa- ser sublime sin interrupción.

A esa edad, me excuso hoy, no importan mucho los títulos de los libros (no me importaban), ni los nombres de los autores; sé que me lo prestaron, el volumen, sé que lo leí rápidamente y lo devolví, más preocupado por el hecho de que me prestarían otros que por el placer en sí del libro. Pero de todas las lecturas de esa primera época verdaderamente feliz de mi vida como lector, ése fue precisamente el que más indeleble se presentaba en la memoria.

Nunca quise preguntar a nadie, por el temor de que el autor resultara a la larga literatura no muy seria aquella que veneraba tanto mi memoria. Claro, tampoco recordaba demasiados detalles, que me permitieran indagar. Es difícil preguntar por un libro del que uno apenas recuerda detalles, cuyo título y autor hemos olvidado. Pero en el fondo, de alguna manera azarosa y vaga lo buscaba, buscaba ese libro.

He aquí que un día estoy en un remate de libros y veo una novela del vallisoletano Francisco Umbral, de quien no había leído más que un paródico diccionario de literatura, donde se burla de todos y de sí, y en unas declaraciones de prensa que querían parecer polémicas o altisonantes. (Según declaraba el autor, no importaba que se acabara la literatura por culpa de la Internet, porque él había desarrollado ya su obra.)

Tomé la novela pensando que, como no tenía un libro del autor, bien podría comprarla (sólo por esa razón), y por ver si aparte de sus insolencias habría escrito alguna vez algo que justificara sus declaraciones tremendistas. Abro una página al azar y encuentro el inconfundible nombre del personaje secundario: Cristo Teodorito, alter ego del personaje principal, narrador protagonista; alter ego, a su vez, del escritor.

Después de comprarlo y llegar a mi casa, debo haber leído el texto con el mismo fervor frenético de mi juventud, y con el mismo juicio concluyente al final, aun a pesar de que solemos creer que todo lo que nos gustaba de niños o de jóvenes (la comida, la ropa, la música o algunas mujeres) son detestables sólo por el hecho de que nos gustaban cuando éramos niños o éramos jóvenes.

Creo haber leído buenas novelas, disfrutando a veces a ratos, a veces al final, a veces ambas (como con Por quién doblan las campanas), a veces cuando se rehace en la mente de manera global la historia (como sucede necesariamente con La invención de Morel). Pero haber degustado cada línea, paso a paso, sólo con Las ninfas (de verdad me parece que el título no dice nada para lo que es), y con una que es completamente diferente: Los tipos duros no bailan.

Las ninfas es una suerte de novela de iniciación mezclada con cuadro de costumbres de la vida literaria de una ciudad provinciana en una España post guerra civil. El argumento no debe diferir demasiado de las de este mismo género: un joven que comienza a conocer la vida, el sexo, las letras, entre delirios religiosos, borracheras y reprobaciones de los padres y de la sociedad.

El inicio es bastante lírico, lo cual es una forma de decir que lo anecdótico es secundario. Esto último va ganando peso y el soliloquio cede paso a la reconstrucción de los hechos; aunque también a la reflexión, reflexión desde la distante madurez del autor (ya mayor de 30 años para la época en que reescribe) y que sin embargo no diluye la esencia del sentir adolescente.

Coincido con Vargas Llosa en su afirmación con respecto a que quienes disfrutamos de la literatura tenemos más recuerdos gratos asociados a lo que hemos leído que a cualquier otra cosa o hecho en nuestras vidas: más recuerdos memorables de libros leídos que- añado yo- de besos (sólo en algunos casos), juegos de básquet, borracheras, viajes, desengaños amorosos. Y acaso todo eso lo vivimos como en un texto.

Por otra parte, mientras leía Las ninfas, mientras recordaba y pensaba en lo que era y fue para mí esta obra (el libro más importante), la mayor pregunta que me hacía- por qué esa emoción había sido tan indeleble para mí- ya había sido respondida por el mismo autor:


... sólo muchos años más tarde he vuelto a saber que, efectivamente... lo que uno lee después de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro, como se escribe el mismo libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde pueda poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquéllos.

Rafael Victorino Muñoz
@soyvictorinox

miércoles, 8 de mayo de 2013

Moby dick: epitafio o libro total


El término libro total ha sido empleado, en no pocas ocasiones, con diferentes sentidos y connotaciones, para referirse a cosas tan dispares como una biblioteca digital o a proyectos culturales, entre otros. Pero, yo siempre he pensado en que el término cabe aplicarlo a algunos libros, ciertos libros, que pueden o quieren abarcar una totalidad. Y aquí noto, nuevamente, que incurre en otro oxímoron (un metaoxímoron), que me obligará a explicarme aún más.
¿Qué clase de totalidad puede abarcar un libro? ¿Puede el libro, un libro, decir todo con respecto a algo, sin que quepa decir nada más, sin que quepa posibilidades para glosas, interpretaciones, comentarios, prólogos y otras adendas? Evidentemente, no: siempre habrá algo más que decir, sobre el tema, o sobre el libro. De modo tal que el libro total en el que pienso sería algo así como la prueba ontológica de San Anselmo: lo mayor que lo cual nada pueda pensarse. Dicho de otro modo, y referido al texto: puede decirse algo más sobre el tema, o sobre el libro, pero ese algo más nunca superará el libro en cuestión.
Hay varios, entonces, que se me antojan como ejemplos: Ulises, sin lugar a dudas, es un libro total, en algún sentido. Pueden decirse muchas cosas sobre Joyce, sobre Stephen Dedalus, puede escribirse una novela que trate de abarcar, en muchas páginas, la totalidad de un día en la vida de alguien; incluso una tan vasta, o más vasta, que la de Joyce, pero no creo que opaque o haga sombra a Ulises. Lo mismo pienso de Moby dick: novela, tratado sobre el arte de cazar ballenas, historia de la caza de ballenas, volumen que compila, comenta y complementa todos los textos anteriores sobre el arte de cazar ballenas y aún más.
Puede haber otros libros sobre la caza de las ballenas, y de hecho pueden haberse escrito (en este momento confieso mi total ignorancia al respecto), pero todos los posteriores van a tener que mencionar, homenajear, parafrasear, o tener en cuenta, de manera u otra, insoslayablemente, la vasta, erudita, sesuda y voluminosa obra de Melville. Incluso, no mencionarla, intencionalmente, puede considerarse una voluntaria reacción contra la misma, algo así como hablar del psicoanálisis sin hablar de Freud; de modo tal que se entrevería claramente la intención iconoclasta, parricida, del autor que decidiera ignorarla (cuando no la ignorancia pura y simple).
Se queda entonces, el libro total, como peñón de Gibraltar, resistiendo el embate del tiempo, y marcando algo que no nos gustaría admitir: algo que no podrá jamás superarse es también algo que no va a volver a ocurrir. En una nota que escribí sobre los clásicos decía: si un libro clásico es la obra que marca el punto culminante de una cultura, una cultura debería cuidarse, entonces, de producir clásicos, porque más allá no hay nada más. Después de la Iliada y la Odisea, no hubo épica griega; después del Quijote, terminó de morir la novela de caballería; después de Melville, no hubo novelas sobre el arte de cazar ballenas (y si las hubo, a nadie le importan).
Un libro total es también un epitafio.


miércoles, 27 de febrero de 2013

Memoria de mis putas tristes, Gabriel García Márquez


Fue muy grande el anuncio para este nuevo libro del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Fue también larga la espera, desde la publicación de Crónica de una muerte anunciada. Para muchos fue grande la decepción; no me incluyo, porque trato de no hacerme demasiadas expectativas: cuando me hablan de una película muy buena, cuando me dicen que me van a contar un chiste que me hará morir de la risa, cuando anuncian la “nueva obra maestra de la genial pluma... etc”; trato, en suma, de pensar de antemano que no debe ser tan extraordinario, así, si resulta buena, es agradable sorpresa, si resulta mala, era lo que esperaba.
(Hablando de películas, ésas que anuncian usualmente con un “del mismo director de...” o “de los creadores de...” son las que precisamente evito ver: sé de antemano que debe ser poco interesante; si no, hablarían de la misma y no del hecho de que coincide con el director o productor de otra (y ni siquiera dicen su nombre), es decir, en realidad no hablan del film en cuestión sino más bien alaban el acierto del anterior. Claro está, actúo de manera distinta cuando la rúbrica es de una persona cuyo nombre ya inspira cierta confianza y garantía: Kubrick, Coppola, Scorsese...)
Volviendo a la triste historia de las putas (el título es, como el libro, sólo un bluff), el planteamiento de la historia, quizá audaz en otra época, no dejaría de sonar a gancho, podría sonar atractivo: los amores (valga el término) de un anciano de 90 años y una joven de 14. Si hubiera sido bien llevada a cualquier terreno, a lo idílico, lo sórdido (porque, quien lo duda, en lo oscuro y sucio hay atracción), a donde fuera, se habría salvado. Pero el autor evita a toda costa ir hacia un lado o hacia el otro, agota las formas de mantenerse en medio y así acaba por no hacer que sus personajes muevan ni al odio ni a la lástima ni a la pena ni a la risa ni al elogio.
El personaje principal y narrador es un hombre gris y mediocre que lo declara a viva voz. Es ese mismo personaje que ya he visto en otras novelas, de Onetti (Cuando ya no importe), de Villoro (El disparo de argón), de muchos otros latinoamericanos. El personaje, decía, habla de sí mismo y se empeña en que todos sepamos que no es ni un héroe ni un desalmado, ni un idiota ni un genio; habla desde su mediocridad, pero lo hace con una lucidez y una retórica impropias de su medianía, lo hace con la voz de un premio Nobel, porque, no hay que dudarlo, la voz es la de García Márquez. Eso le resta el único valor que habría podido quedar: la verosimilitud del personaje.
A mí no me interesa ni la voz ni lo otro, quiero decir, ni únicamente la anécdota. Si creyera que el asunto es sólo la voz en la narrativa, sería, volviendo a la comparación con el cine, como ver una película con guión flojo y con buenas actuaciones. El asunto está en el justo medio: es tanto el chiste como la forma de contarlo. Y en el caso de Memorias de mis putas tristes, no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

París era una fiesta, Ernest Hemingway


De alguna manera, y por alguna razón, nunca me han atraído demasiado las historias sobre los mismos escritores; de hecho he leído pocas biografías de autores (en realidad no recuerdo haber leído ninguna) y sólo algunos diarios: el de Mann, el de Henry James, el de Virginia Woolf y el de Bucowsky; cuatro para ser exactos. Por cierto, coincido un poco con lo que dice este último: él confiesa que no le interesan los hacedores de vino, pero sí los vinos; a mí me atrae la literatura, no quienes la hacen.
Como tales, tampoco conozco demasiadas novelas sobre la vida y el ejercicio de las letras. La muerte en Venecia es uno de esos casos. La mayoría de las veces lo que encuentro son diarios, como los ya mencionados. Aunque la obra de Hemingway tiene algo de ambas: algo de confesión y algo de invención.
Considero que la novela de Thomas Mann es relativamente distinta, porque el centro de atención es el personaje y no sus textos; aunque sí hay algo de reflexión sobre la escritura, sobre el ser de esa cosa que es la escritura. En Hemingway sí abunda el contar (contar y reflexionar) sobre lo textual, sobre lo que estaba escribiendo en ese momento y la preocupación por la técnica. También el personaje de Mann está aislado de todos, incluso de sus iguales; en tanto que el Hemingway-personaje no.
Hemingway, en París era una fiesta, hace un relato a medias edulcorado a medias chismoso y con mucha maledicencia de la vida literaria, como pienso que es de esperarse en esta clase de historias. Por supuesto, el mejor salvado es él; los demás o parecen chiflados (como Walsh) o inspiran lástima (como Joyce). El menos favorecido resulta Fitzgerald, a quien el autor de El viejo y el mar concede un extenso espacio.
Con todo, me intriga saber por qué un retrato de la vida literaria pudo convertirse en un best seller. Pienso que puede deberse a la posición que ocupa Hemingway en el imaginario colectivo norteamericano.