jueves, 5 de noviembre de 2020

TELMO ROMERO. CHARLATÁN HONORARIO

Existen muchos criterios para tratar de de conferir importancia a un autor o a una obra, me refiero a criterios que muchas veces están más allá o más acá del texto o que son algunas veces ajenos al mismo. La edición de las obras completas, el hacerse acreedor de un premio, la abundante bibliografía directa o indirecta, haber sido fundador de un género. Harold Bloom quería que la manera de determinar dicha importancia viniera dada por la influencia que genera. Por supuesto, para medir dicha influencia se tiene que usar un sistema de su invención. Además del solaz que encuentre en la obra, yo tengo un criterio adicional para saber cuán importante es un libro: el hecho de ser prohibido, quemado o destruido públicamente. Hay períodos particularmente dados a estas prácticas, incluso a las tres juntas, razón por la cual han existido inclusive instituciones y funcionarios encargados de tal misión. Asimismo, la historia conoce de grandes quemas colectivas, donde muchos autores acaso irreconciliables se reúnen calurosamente. De allí que yo considere a Telmo Romero como el escritor más importante de la historia de la literatura venezolana, puesto que es, hasta donde tengo noticia, es uno de los pocos casos de un libro quemado públicamente en nuestro territorio . Y es una circunstancia doblemente particular, puesto que la quema no fue ordenada por un gobernante o por un Estado, por lo general los principales autores de estas prácticas; El bien general, según cuenta la leyenda, fue incinerado por un grupo de personas que no ostentaban cargo público. La nota que Caballero dedica a Telmo Romero en el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar dice, sintéticamente, que nuestro incinerado nació probablemente en San Antonio, estado Táchira, hacia 1846. No tuvo otro oficio conocido, excepto el de brujo yerbatero; se convierte en “un personaje nacional reconocido” cuando salva de “una grave y al parecer incurable enfermedad” al hijo del para entonces presidente Crespo. El bien general se convierte en un best seller y el autor se hace cargo de la dirección del Hospital de Lázaros de Caracas y del Manicomio Nacional de Los Teques. Romero recibe un dudoso doctorado en medicina en Estados Unidos. Hasta aquí todo va bien y en sentido ascendente. Pero, dice Caballero: Llega a correr el rumor de que Telmo Romero va a ser nombrado rector de la Universidad Central de Venezuela; los estudiantes, para contrariar a Crespo y a través de él, a Guzmán Blanco, organizan entonces un auto de fe y echan a las llamas los ejemplares de El bien general, al pie de la estatua de José María Vargas en el patio de la Universidad. La gloria de Telmo Romero termina con la presidencia de Crespo, en 1886. Despojado de sus cargos, muere de tuberculosis al año siguiente. Dicen que en política, mejor que tener amigos importantes, es tener personas importantes que se consideren nuestros enemigos; lo cual nos da a nosotros cierto prestigio. Hacerse odiar por el público es una buena forma de llegar a la fama. En literatura, mejor que ser leído, admirado, mejor aún que haber logrado unas buenas páginas, es ser detestado hasta el punto de que públicamente seamos quemados. Se atribuye comúnmente a Dalí aquella frase según la cual el momento más glorioso en la vida de un pintor no es cuando le compran un cuadro sino cuando roban una obra suya. Se me ha ocurrido pensar que un escritor es importante cuando uno de sus textos es censurado o quemado. Hasta donde sé, el de Romero es uno de los pocos casos de quema pública de un libro en Venezuela, lo cual lo hace un escritor cuya obra merece una mayor atención. (Tomado del libro "Compás mayor de la literatura Venezolana", de Rafael Victorino Muñoz, publicado por Ed. El perro y la Rana, Caracas, 2012.)

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